Este post ha sido escrito en su totalidad por Ana, lectora del blog. 

El otro día ojeaba los comentarios al post que escribió Iván sobre “10 pasos para olvidar a una persona” y encontré uno que me llamó especialmente la atención. Una mujer de 34 años que se llamaba Mire contaba sus problemas económicos, familiares y amorosos. Decía que ni su hermana ni su propia madre la ayudaban. Leer aquello me dejó tristona.
He cogido la costumbre (no sé si buena o mala) de tratar de encontrar los porqués de cada sentimiento que me invade. En ese momento me había puesto un poco triste y no entendía por qué. A mí la vida no me ha dado grandes disgustos pero si me los diera, no acudiría a pedir ayuda a mi madre. Lo tengo claro. Y darme cuenta de eso me puso un poco triste.
Mi relación con mi madre no ha sido especialmente buena. No he tenido una infancia desgraciada ni mucho menos pero nunca me he sentido querida por ella. Yo era la oveja negra en una familia ultraconservadora y eso me ha marcado de por vida. Aunque mis amigas me decían que yo era “normal” y que lo “anormal” era lo de mi casa yo no me lo creía del todo.
Mi madre es una mujer de misa y rosario diario. Mi padre también, pero él es más tolerante. Él nunca estaba en casa porque trabajaba de sol a sol y al final quien nos ha criado ha sido ella. Desde bien pequeñita me decía que lo más importante en esta vida es estar en gracia de Dios y cumplir los mandamientos y normas de la Iglesia. Siempre me ha dicho que aquí estamos de paso y que lo que de verdad importa es la otra vida en el Cielo. Así crecí yo: entre crucifijos, vírgenes y santos y normas religiosas.

 

Por: flickr.com/photos/marinadelcastell/14027497120/

Recuerdo ese conflicto interno que desde pequeña me acompañaba, entre lo que ella decía que debía hacer y lo que yo quería hacer. Por un lado no quería defraudarla y buscaba su aprobación, pero por otro lado sentía que no era yo si actuaba como ella quería. A mí las misas me aburrían y no veía la necesidad de rezar tanto como ella y el resto de la familia hacía. Tampoco entendía por qué era pecaminoso ir en minifalda o llevar bikini y teníamos que vestir de forma decorosa. A mí me gustaba salir, estar con mis amigas, conocer gente… Lo normal ¿no? No sé por qué yo era así tan distinta a mis hermanos. ¿Genética?
Ahora, con la perspectiva que me dan los años, veo que la manera que de niña utilizaba para evadirme de ese entorno que me asfixiaba, es la misma que utilizo ahora de adulta para afrontar algunos de mis problemas. Y eso me preocupa bastante.
Me veo de niña fantaseando con vivir en otro lugar. Recuerdo que cuando empezaron a gustarme los chicos, todas las noches imaginaba que el chico que me gustaba venía a buscarme y me llevaba con él. Recuerdo estar deseando que llegara la noche para meterme en la cama e inventarme historias. Era mi forma de huir.

 

Empecé a salir con chicos a partir de los 14 años. Por supuesto, ninguno era del agrado de mi madre. Pero yo iba enlazando uno tras otro. No sabía estar sola. La consecuencia que esa continua desaprobación por parte de mi familia (y sobre todo por parte de mi madre) tuvo fue que dejé de contar mis cosas e inconscientemente me buscaba mis vías de escape. Mi oxígeno. Y así comencé a llevar una “doble vida”. Siempre tenía algo oculto (un novio) que era para mí como un refugio. En casa procuraba acatar las normas y no las discutía porque no me atrevía. Mentía. Simplemente tragaba. Pero fuera intentaba hacer lo que me daba la gana. Y eso ahora en cierto modo lo sigo haciendo. Y me preocupa bastante.

 

Por: flickr.com/photos/ciadefoto/3369622159/

 

Esta ha sido mi forma de funcionar desde los 11 años si mal no recuerdo. Toda mi pubertad, mi adolescencia, mi juventud y parte de mi vida adulta. Vivir así, y ese continuo conflicto con mi madre, ha generado mucha rabia en mí Y mucha confusión.
El año pasado cayó en mis manos un libro sobre el legado de las madres. En él, un famoso psiquiatra explica cómo el vínculo con la madre constituye la primera relación amorosa y sienta las bases de todo el desarrollo emocional en la vida adulta. Me hizo pensar mucho. El autor afirma que la capacidad emocional, el estilo comunicativo, el tipo de personas que somos y la autoestima son forjados, consciente o inconscientemente, por la madre. Me lo leí en pocos días y encontré la forma de utilizar ese legado que en mi ha dejado mi madre de manera positiva.

 

Por: flickr.com/photos/ciadefoto/3218002851/

 

Decidí tomar “cartas en el asunto” y cambiar. Quería encontrar lo positivo del legado. La parte buena. Quería dejar atrás el rencor y mejorar como persona.
Aunque ya llevo más de diez años casada y no convivo con ella, la visitaba con frecuencia. Y cada vez que salía de su casa pensaba: “No vuelvo”. Pero lógicamente volvía. Decidí tomar un poco de distancia, dejar de visitarla y de llamarla con la frecuencia que lo hacía. Estoy pasando por eso que los expertos llaman “proceso de individualización”.

 

Ahora tengo el valor (el miedo al abandono me ha frenado siempre) de rebatirle con cariño sus argumentos, con sentido del humor y poco a poco voy siendo capaz de expresar mi opinión aunque sea contraria a la suya. Esto que puede parecer una tontería a mi me costaba mucho. Y condicionaba mi manera de actuar. Pero he conseguido encontrar la frase adecuada a cada comentario negativo que me hace. Y he conseguido ser yo. Y ella… Ella lo ha percibido. Nunca hemos hablado de ello. Pero ha cambiado su actitud hacia mí y se muestra más cariñosa, más tolerante, más prudente… Y sobre todo ha dejado de controlar mi vida. O lo sigue haciendo, pero a mí no me afecta ya.

Es muy doloroso pasar por este proceso pero lo recomiendo sin duda. Me ha servido para conocerme mejor y crecer como persona además de para esmerarme aún más en mi tarea como madre. Creo que, ahora que he conseguido entender el legado de mi madre y convertirlo en algo positivo para mí, solamente me falta, antes de que pueda ser demasiado tarde, reunir la valentía suficiente para poder decirle un día que la quiero.

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