Carro de adivino

 

La mañana de invierno era radiante, como suelen serlo por algún extraño motivo todas las mañanas de domingo en el parque del Retiro. Madrileños y turistas pasean junto al estanque, mirando las barcas, esquivando guiñoles y carteristas, escuchando bandas de 5 peruanos que parecen clonadas en algún lugar de la cordillera. Si eres goloso, puedes comprar algodón dulce, o aún mejor un barquillo como los que había cuando eras pequeño.

Entre todos los puestos, vendedores y artistas, pocos son tan tradicionales como los adivinos. Los hay ancianos y jóvenes, hombres y mujeres, españoles y extranjeros, aunque todos tienen en común una puesta en escena misteriosa. Puede ser una capa de colores brillantes o un aspecto muy exótico, o si no, al menos unos ojos que no pestañean y que pretenden atravesar al caminante como una estaca de madera a un vampiro.

A Marta siempre le habían gustado los videntes. No es que los consultara todos los días claro, pero si en algunas ocasiones, especialmente cuando algo importante pasaba en su vida. Y recientemente Marta había conocido a un hombre que podía ser, esta vez sí el definitivo. Era guapo, bien plantado, no demasiado comunicativo eso sí, pero le hacía sentir cosas que hacía tiempo no había sentido.

Aquella mañana Marta había salido de casa con la intención de consultar a un vidente, y cuando llego al parque del Retiro, vio que casi todos los que solía consultar estaban ocupados. Solo había uno que tenía la silla frente a él vacía. Era nuevo, o al menos Marta no lo había visto nunca por allí. Era un hombre de mediana edad, con un traje gris que había visto mejores épocas, pero que aún le daba un cierto aire de elegante decadencia a su portador. Ni siquiera tenía el habitual cartel anunciando de manera rimbombante su nombre o su tarifa.

Marta se sentó junto a él. Él la miró de una manera suave, como si estuviera a miles de kilómetros de allí. “¿Qué quieres saber?” Le preguntó sin mover un músculo de la cara.

Marta le contó acerca del nuevo hombre que había conocido, de sus esperanzas, de cómo se estaba enamorando, de su creencia en que podía ser el definitivo.

“¿Cree que puede ser el amor de mi vida?”.

El adivino no sacó una baraja del tarot ni una bola de cristal. Se quedó simplemente en silencio durante unos segundos, y mirándola dijo muy despacio: “ Estaréis juntos unos meses, después empezarán las peleas, te golpeará varias veces y te dejará”.

Marta no podía creer lo que estaba escuchando. Se levantó de golpe,  le tiró un billete sin mirarlo y se fue.

Todo fue bien por un tiempo, pero como si la vida fuera un guión escrito por el misterioso adivino, sus presagios se cumplieron de manera puntual. Marta acabó golpeada y con el corazón destrozado.

Más de un año pasó antes de que Marta volviera a pasear por el Retiro. Sería mentir no admitir que tenía una curiosidad enorme por saber qué era del adivino. Sin embargo no estaba allí, y por más que preguntó a los demás ninguno supo a quién se refería.

Al final después de un buen rato de investigaciones infructuosas Marta dio el asunto por perdido. Quizá había estado allí solo una vez. Quizá no tuvo mucho éxito. Marta lo pensó por un minuto y después se sentó a tomar un café con leche en una terraza mirando al estanque. Mientras sorbía lentamente el café caliente no pudo evitar sonreír. Quizá, después de todo, no se estaba tan mal sin saber la verdad.

 

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