Voy a entrar por la puerta del gimnasio. Delante de mí dos hombres mayores que vienen de jugar al tenis. Unos metros detrás de mí, un tercero que obviamente va con ellos.

Considerando que van juntos dejo pasar al tercero. Pasa sin mirarme siquiera y sin decir nada. Espero que me sujete la puerta, pero no, no me sujeta la puerta.

Cuando pasa se le cae una chaqueta. Tengo el impulso de pararle: “Se le ha caído”, pero dudo y no, no lo hago. Contemplo como se aleja sin darse cuenta de la chaqueta que se le ha caído.

No sé si es el karma, pero me siento bien.

Después, pienso en lo que ha ocurrido. No me arrepiento lo más mínimo de no haberle avisado. Merecía que no se lo dijera. Pero me pregunto por qué me hace (supongo que nos hace a todos) sentir tan mal que alguien no me agradezca las cosas.

Quizá lo mejor sería no esperar nada de nadie. Eso quedaría bien como frase de una imagen de las que suben a Facebook los (más bien las) adolescentes despechados.

Pero pensemos en ello. Si no esperara nada de nadie, no me sentiría decepcionado nunca, al menos no me sentiría decepcionado con los demás. Pero ¿sería posible vivir así?

¿Podrías querer a alguien si no esperas nada de él?, ¿podrías llevar el coche al taller si no esperas que nadie lo repare?, ¿podrías trabajar si no esperas que tu jefe te pague a fin de mes?

Quizá no esperar nada de nadie tampoco es una opción.

Podríamos entonces pensar en esperar algo solo de la gente adecuada. Esperar algo de la persona que amas, de tus padres, de tu mejor amigo. Es una opción, pero eso tiene varios inconvenientes:

Si confiar solo en algunas personas determinadas no es la respuesta ¿cuál es la respuesta?

La solución: confianza porcentual

En su libro Thinking in bets (pensando en apuestas), la jugadora de poker profesional Annie Duke nos habla de la conveniencia de huir de las certezas categóricas, del nunca y del siempre, y de abrazar las creencias en porcentajes.

No puedes creer nada que no sea totalmente obvio al 100% sino en porcentajes menores. Puedes creer al 100% que Paris es la capital de Francia, pero no puedes creer al 100% que los dinosaurios se extinguieron por un meteorito, o que el azúcar es malo, o que tu mejor amigo es incapaz de traicionarte.

Al creer algo solo en porcentaje, tu mente se abre a la posibilidad de que las cosas no sean como tú quieres que sean. Si ocurre algo negativo, no te sorprenderá tanto como si pensaras que todo va a ir siempre bien, pero tampoco tendrás que tener la visión negativa de la persona que cree que todo va a ir siempre mal.

La mejor idea para las expectativas respecto a los demás es esa: confiar porcentualmente, con un grado de confianza mayor o menor en función de la persona que sea pero sin que nunca sea absoluto.

Esa es la mejor respuesta a lo que yo llamo la paradoja de las expectativas.

La paradoja de las expectativas.

La gestión de las expectativas propias ( ya ni hablemos de las ajenas) es complicada porque intervienen varios factores.

1. El contraste con las expectivas.

Cuanto mejor es tu expectativa de algo, mejor tendrá que ser para que lo disfrutes.

Si voy a un hotel pensando que es un 5 estrellas y es un 3 estrellas, es casi seguro que me sentiré decepcionado.

Si voy a un hotel pensando que es de una estrella y es de 5, es muy probable que me sienta satisfecho.

Si voy a una fiesta y pienso que será aburrida, la disfrutaré más si sale bien que si voy pensando que será la mejor fiesta de la historia.

Ese contraste de las expectativas nos podría llevar a querer ajustar las expectativas a la baja para que luego la vida nos sorprenda favorablemente.

Por desgracia las cosas no son tan fáciles porque hay otro factor que interviene.

2. El sesgo de confirmación

Cuando crees que algo es de una forma, tiendes a seguir pensando lo mismo aunque los hechos cambien. Es el sesgo de confirmación. 

Eso significa que si yo he ido al hotel con la idea de que es malo, es muy probable que en cuanto me hagan esperar en recepción, crea que es una prueba de lo malo que es el hotel.

Si voy a la fiesta pensando que es maravillosa y veo poca comida pero bastante bebida, pensaré que está muy bien que haya tanta bebida. Si voy pensando que es mala, es más que probable que me empiece a quejar de que la comida es insuficiente.

3. El juego conjunto del contraste con las expectativas y el sesgo de confirmación.

Al combinarse esos dos efectos se produce la paradoja de las expectativas. Consiste en que si la realidad está cerca del nivel de la expectativa que tenías creada, el sesgo de confirmación reforzará esa expectativa. Sin embargo si la realidad se aleja, por arriba o por abajo, de la expectativa que te habías creado, entonces entra en juego el contraste con las expectativas, se rompe la expectativa y el shock es mucho mayor que si no hubiera expectativa.

 

Expect the best but prepare for the worst

 

Los americanos tienen una expresión muy adecuada para lo que uno debe esperar: “expect the best, but prepare for the worst”. “Espera lo mejor, pero prepárate para lo peor”.

Al esperar lo mejor tienes una visión luminosa de la vida. No eres el cuervo que mira hacia delante esperando desgracias y que imagina problemas que nunca llegan a existir.

Al prepararte para lo peor, no eres el duende sonriente que se lleva el palo cuando las cosas salen mal. Y no tienes  una expectativa tan sólida como para generarte un shock en caso de fracaso.

Espera que la gente actúe como debería hacerlo. Espera que aquel a quien le abres la puerta te lo agradezca, pero si no lo hace, estate preparado.

 

 

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