«Sólo hay una diferencia entre un ganador y un perdedor: el ganador no tiene miedo a perder». Robert Kiyosaki.

— Rafael Sarmentero (@rafasarmentero) February 21, 2015

Por: flickr.com/photos/jdhancock/4648638753/

Muchas veces he criticado aquí la moda de vendernos un ser humano sin miedos. Un hombre que no teme a las alturas ni a las olas, a las montañas ni a los desiertos. Un hombre capaz de sumergirse en la profundidad de los océanos y mirar la tierra a lo lejos mientras cae sonriendo en paracaídas.

No he cambiado de opinión. Me parece perfecto que haya gente que disfrute con ello. Posiblemente se sientan más valientes y disfruten contándolo después a los amigos. Yo también lo haría.

Pero esos miedos son miedos secundarios. Miedos que viven en los márgenes exteriores de la galaxia que forma nuestra mente. Poca gente se siente mal en su vida por no atreverse a lanzarse en paracaídas. El único miedo que cuenta es otro.

 

El único miedo que cuenta.

Hay un miedo que sí que limita nuestra vida. Un miedo que nos condiciona y nos envenena. Es un miedo natural, pero hemos de superarlo si de verdad queremos ser libres.

El verdadero miedo es el miedo a perder lo que tienes y no saber superarlo.

¿Temes perder lo que tienes?

Antes de responder que no, piénsalo un poco. ¿Podrías prescindir de tu televisor, de tu agua caliente, de tu coche, de tu teléfono móvil, de tu conexión a internet? Aunque hayas respondido que sí, no te relajes, aún hay muchas más cosas. ¿Podrías prescindir de tu trabajo, de tus clientes, de tu dinero?, ¿podrías prescindir de tu pareja, de tus padres, de tu hijos?

Hay dos respuestas:

Una es "sí, podría". Y es verdad. Porque si te quitaran todas esas cosas, habría algo dentro de ti que te haría cambiar y adaptarte. El ser humano tiene un corazón de plastilina capaz de moldearse para sobrevivir en cualquier circunstancia.

La otra respuesta es "creo que no podría". Y también es cierta. Podrías salir adelante sin nada de eso, pero no lo sabes.

Nuestra mente se asusta de las sombras del monstruo de la ausencia. Pero cuando ese monstruo llega, nuestro corazón, aún herido, es capaz de mirarlo a los ojos y llorando si es necesario, salir adelante.

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