CRUASÁN

Hace unos años estuve en Japón:  Es posiblemente el país que más me ha fascinado de todos los que he visitado por la combinación entre tradición y modernidad, y por las diferencias que presenta con el resto de los países del mundo. Pero en todos los viajes, siempre hay algún detalle pequeño  que se queda marcado tanto o más que los monumentos y las cosas que se supone que son más importantes.

En mi caso, me llamó mucho la atención la manera en que los japoneses realizaban cualquier tarea, por poco importante que pudiera parecer en principio, con un cuidado y concentración exquisitos.  Recuerdo una tienda en la que compré un cruasán para desayunar. Allí, en lugar de entregármelo de cualquier manera o simplemente dejarlo caer en una bolsa antes de dámelo,  la dependienta lo colocó muy cuidadosamente en un papel, y después muy despacio lo fue envolviendo hasta que quedó perfectamente presentado, tanto que después casi me dio pena comérmelo de lo bien que había quedado.

Recordé la influencia del Zen en Japón, ese cuidado por los detalles tan japonés,  y pensé que si fuera capaz de realizar todos los actos con la misma concentración con la que esa dependienta envolvió el cruasán,  la vida sería algo mucho más interesante.

Hoy pensando sobre ello, he llegado a la conclusión de que de alguna forma esa anécdota me enseña una cosa muy importante. El próximo post hablaré de ello.

 

 

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